#4. – A) 1. b) Prueba de la vanidad del conocimiento filosófico a través de la misma historia de la filosofía. / A. 1. b. Proof of the futility of Philosophical Knowledge obtained through the History of Philosophy itself.

§ 38 a.  Enfocada desde otro punto de vista, esa manera de concebir la historia de la filosofía se traduce en otra consecuencia, que puede considerarse como dañina o beneficiosa, según se quiera. En efecto, ante el espectáculo de tan múltiples opiniones, de tan numerosos y diversos sistemas filosóficos, se siente uno arrastrado por la confusión, sin encontrar un punto firme de apoyo para sustraerse a ella. Vemos cómo, en torno a las grandes materias por las que se ve solicitado el hombre y cuyo conocimiento trata de suministrar la filosofía, los más grandes espíritus yerran, puesto que han sido refutados o contradichos por otros. “¿Y si esto ocurre a tan insignes espíritus, cómo puedo, ego homuncio, tener la pretensión de decidir tales problemas?”    

§ 38 b. From another point of view another consequence ensues from the above conception of the history of Philosophy which may at will be looked at as an evil or a benefit. In view of such manifold opinions and philosophical systems so numerous, one is perplexed to know which one ought to be accepted. In regard to the great matters to which man is attracted and a knowledge of which Philosophy would bestow, it is evident that the greatest minds have erred, because they have been contradicted by others. “Since, this has been so with minds so great, how then can ego homuncio attempt to form a judgment?” /

§ 39 a.  Esta conclusión, que se extrae de la gran diversidad de los sistemas filosóficos, es considerada como dañina, pero representa, al mismo tiempo, una ventaja subjetiva. En efecto, esta gran diversidad es –para quienes, con aires de conocedores, tratan de presentarse como gentes interesadas por la filosofía– el gran recurso para justificar el por qué, pese a toda su supuesta buena voluntad y pese, incluso, a la reconocida necesidad de esforzarse por dominar esta ciencia, no tienen, en la práctica, más remedio que abandonarla por completo. Sin embargo, esta disparidad entre los diversos sistemas filosóficos dista mucho de tomarse por una simple evasiva. Se ve en ella, por el contrario, una razón seria y verdadera contra la seriedad con que el filósofo toma la filosofía, una justificación de la actitud de quienes nada quieren tener que ver con ella, una prueba incluso irrefutable de que es vano todo intento de llegar al conocimiento filosófico de la verdad. Pero, aunque se conceda que “la filosofía debe ser una verdadera ciencia y que tiene que haber, necesariamente, una filosofía que sea la verdadera, surge la pregunta: ¿cuál es, y cómo reconocerla? Todas aseguran que son las verdaderas, todas indican signos y criterios distintos por medio de los cuales se ha de reconocer la verdad; por eso, el pensamiento sobrio y sereno tiene que sentir, por fuerza, grandes escrúpulos antes de decidirse por una”.    

§ 39  b. This consequence, which ensues from the diversity in philosophical systems, is, as may be supposed, the evil in the matter, while at the same time it is a subjective good. For this diversity is the usual plea urged by those who, with an air of knowledge, wish to make a show of interest in Philosophy, to explain the fact that they, with this pretence of good-will, and, indeed, with added motive, for working at the science, do in fact utterly neglect it. But this diversity in philosophical systems is far from being merely an evasive plea. It has far more weight as a genuine serious ground of argument against the zeal which Philosophy requires. It justifies its neglect and demonstrates conclusively the powerlessness of the endeavour to attain to philosophic knowledge of the truth. When it is admitted that Philosophy ought to be a real science, and one Philosophy must certainly be the true, the question arises as to which Philosophy it is, and when it can be known. Each one asserts its genuineness, each even gives different signs and tokens by which the Truth can be discovered; sober reflective thought must therefore hesitate to give its judgment.

§ 40 a.  Éste es el interés mayor a que debe servir la historia de la filosofía. Cicerón (De natura deorum, I, 8 ss.) nos ofrece una historia, extraordinariamente superficial, de los pensamientos filosóficos acerca de Dios, inspirada precisamente en esa intención. Es cierto que la pone en labios de un epicúreo, pero sin que él mismo sepa decirnos nada mejor, lo que indica que las nociones expuestas por su personaje son las suyas propias. El epicúreo dice que no ha sido posible llegar a un concepto determinado. La prueba de que son vanos los esfuerzos de la filosofía se desarrolla en seguida a base de una concepción genérica superficial de la historia de la filosofía misma: el resultado de esta historia no es otro que la aparición de los más diversos y dispares pensamientos de las múltiples filosofías, contrapuestas las unas a las otras y que se contradicen y refutan entre sí. Y este hecho, que no cabe negar, justifica e incluso obliga, al parecer, a aplicar las palabras de Cristo a las filosofías, diciendo: “Deja que los muertos entierren a sus muertos, y sígueme.” Según esto, la historia de la filosofía no sería otra cosa que un campo de batalla cubierto de cadáveres, un reino no ya solamente de individuos muertos, físicamente caducos, sino también de sistemas refutados, espiritualmente liquidados, cada uno de los cuales mata y entierra al que le precede. Por eso, en vez de “Sígueme”, sería más exacto decir, cuando así se piensa: “Síguete a ti mismo”, es decir, atente a tu propia convicción, aférrate a tus propias y personales opiniones. ¿Por qué a las ajenas?    

§ 40 b. This, then, is the wider interest which the history of Philosophy is said to afford. Cicero (De natura Deorum I. 8 sq.) gives us from this point of view, a most slovenly history of philosophic thought on God. He puts it in the mouth of an Epicurean, but he himself knew of nothing more favourable to say, and it is thus his own view. The Epicurean says that no certain knowledge has been arrived at. The proof that the efforts of philosophy are futile is derived directly from the usual superficial view taken of its history; the results attendant on that history make it appear to be a process in which the most various thoughts arise in numerous philosophies, each of which opposes, contradicts and refutes the other. This fact, which cannot be denied, seems to contain the justification, indeed the necessity for applying to Philosophy the words of Christ, “Let the dead bury their dead; arise, and follow Me.” The whole of the history of Philosophy becomes a battlefield covered with the bones of the dead; it is a kingdom not merely formed of dead and lifeless individuals, but of refuted and spiritually dead systems, since each has killed and buried the other. Instead of “Follow thou Me,” here then it must indeed be said, “Follow thine own self “-that is, hold by thine own convictions, remain steadfast to thine own opinion, why adopt another?

§ 41 a.  Se da, es verdad, el caso de que aparezca, a veces, una nueva filosofía afirmando que las demás no valen nada; y, en el fondo, toda filosofía surge con la pretensión, no sólo de refutar a las que la preceden, sino también de corregir sus faltas y de haber descubierto, por fin, la verdad. Pero la experiencia anterior indica más bien que a estas filosofías les son aplicables otras palabras del Evangelio, las que el apóstol Pedro dice a Safira, mujer de Ananías: * “Los pies de quienes han de sacarte de aquí están ya a la puerta.” La filosofía que ha de refutar y desplazar a la tuya no tardará en presentarse, lo mismo que les ha ocurrido a las otras.    

§ 41  b. It certainly happens that a new philosophy makes its appearance, which maintains the others to be valueless; and indeed each one in turn comes forth at first with the pretext that by its means all previous philosophies not only are refuted, but what in them is wanting is supplied, and now at length the right one is discovered. But following upon what has gone before, it would rather seem that other words of Scripture are just as applicable to such a philosophy-the words which the Apostle Peter spoke to Ananias, “Behold the feet of them that shall carry thee out are at the door.” Behold the philosophy by which thine own will be refuted and displaced shall not tarry long as it has not tarried before.

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